Cuando vivir del Estado se convierte en profesión, cambiar de partido suele ser más sencillo que cambiar de oficio.
Por Conrado Quezada R.
Quien se dedica a la política y hace carrera dentro del ámbito de gobierno o en alguno de los poderes del Estado difícilmente encuentra oportunidades fuera, en el mundo real del mercado laboral o de la iniciativa privada.
Su función como político poco valor tiene en la vida de un ciudadano. El o la política no entiende el sentido de colaborar mediante el intercambio; no es capaz de identificar qué tiene o qué es capaz de hacer que alguien más pueda necesitar y esté dispuesto a intercambiar con él o con ella, e incluso dejarle una utilidad en el proceso.
Fue Ludwig von Mises quien expuso este fenómeno en su ensayo Burocracia, publicado en 1944, así como en su tratado Liberalismo, donde describe por qué el funcionario, el burócrata y el político no generan valor de mercado ni pueden buscar opciones fuera de la esfera estatal.
Por ello vemos a tantas figuras recicladas que van y vienen en la labor política o burocrática. Quizá muchos puedan identificarse como profesionales con carrera pública o con una trayectoria de servicio dentro del quehacer público, pero hay casos que resultan únicos y hasta complicados de entender.

En 2018 terminó la competencia electoral que prometía un cambio en la vida pública de México, un país cuya población se hartó de una clase política que no atendió la exigencia ciudadana de nuevos valores y principios en la función pública. Por ello fueron arrasados electoralmente por Andrés Manuel López Obrador y MORENA.
El triunfo de Andrés Manuel López Obrador es un fenómeno que no puede dejarse en el pasado como un suceso más. Fue la reacción civilizada de un electorado decepcionado del PRI, del PAN, del PRD, de sus dirigentes y de sus funcionarios electos. En aquellos años muchos pensamos que MORENA, sus aliados y la entonces oposición buscarían nuevas figuras o replantearían sus prioridades.
De la oposición pocos cambios son evidentes hasta ahora. PRI, PAN y lo que queda del PRD, e incluso su mutación en Somos México, integrado por liderazgos del extinto Sol Azteca, siguen trabajando bajo un esquema de cúpulas y, cuando cuentan con líderes valiosos, sus propias acciones terminan dificultándoles más la competencia que impulsándolos.
Recicle
Pero tampoco hay un cambio evidente en el inicio de un régimen político que se presenta como la renovación de la función pública, sin importar que sus ideólogos sostengan lo contrario.
Desde que MORENA, PT y PVEM tomaron el poder político nacional fue evidente su ceguera selectiva. Podían ver con claridad las fallas de la oposición, pero en el camino se vieron obligados a adoptar liderazgos provenientes del pasado que tanto criticaban, aunque electoralmente les resultaran valiosos, tal como lo explica Julio Scherer García en su libro Ni venganza ni perdón. Una amistad al filo del poder.
En aquellos años al proceso se le conoció como «el manto purificador de Andrés Manuel López Obrador». Bajo ese manto se reavivó políticamente a Manuel Bartlett, Alejandro Gertz, Miguel Ángel Yunes Linares, Alfonso Romo, Manuel Velasco, Alejandro Murat y Gabriela Cuevas, por mencionar solo algunos.
En Sonora también tenemos casos emblemáticos. La exgobernadora Claudia Pavlovich, hoy embajadora de México en Panamá; Sergio Gutiérrez Luna, diputado federal por MORENA, quien se desempeñó entre 2011 y 2015 como secretario ejecutivo de la Comisión Implementadora del Nuevo Sistema de Justicia Penal en Sonora, durante la administración del gobernador Guillermo Padrés.
Al finalizar ese gobierno no se cumplió con la implementación del programa, y fue Claudia Pavlovich quien tuvo que cumplir con el plazo constitucional entre septiembre y noviembre de 2015. Del destino de los recursos asignados al proceso poco se volvió a saber.
La historia de Sergio Gutiérrez cobra relevancia nuevamente porque, después de la administración panista de Guillermo Padrés, su esposa, la ahora diputada federal por el PT, Diana Karina Barreras, fue regidora del PAN —oposición y heredera de los pecados políticos del padrecismo— durante la administración del entonces priista Manuel Ignacio «El Maloro» Acosta Gutiérrez.
«El Maloro» Acosta llegó a la alcaldía de Hermosillo el mismo año en que Claudia Pavlovich ganó la gubernatura. En 2015, el PRI recuperó para Sonora tanto el Gobierno del Estado como la capital, derrotando al PAN y sucediendo en la alcaldía a Alejandro López Caballero.
Ya iniciada la administración de «El Maloro», y en plena persecución política contra funcionarios vinculados al gobierno de Guillermo Padrés, el alcalde priista intentó concesionar el servicio de alumbrado público en Hermosillo mediante un esquema ampliamente cuestionado por la sociedad. Para aprobarlo necesitaba, al menos, un voto de la oposición.

En ese momento el PAN tenía la fuerza suficiente para obligar a una negociación. Sin embargo, el día de la votación de la concesión del alumbrado público, «El Maloro» consiguió la aprobación de su proyecto con los votos de sus aliados y uno más: el de la entonces regidora panista Diana Karina Barreras.
En 2018 llegó la crisis política para Manuel Ignacio Acosta. Dejó la alcaldía para competir por el Senado junto a Sylvana Beltrones, pero ambos quedaron fuera tras el triunfo de Alfonso Durazo y Lilly Téllez, mientras Antonio Astiazarán terminó en tercer lugar.
Célida López Cárdenas ganó la alcaldía de Hermosillo por MORENA y con ello comenzaron las acusaciones contra «El Maloro», a quien incluso se vinculó con el esquema de financiamiento ilegal conocido como La Estafa Maestra. En aquellos días se hablaba de presuntos desvíos de cientos de millones de pesos en el Ayuntamiento de Hermosillo.
Reciclaje ecologista
El reciclaje político no responde necesariamente al perdón ciudadano. Muchas veces obedece a una razón mucho más simple: quienes han vivido del poder difícilmente encuentran un lugar fuera de él. Cambian de partido, de discurso o de aliados, pero rara vez abandonan la vida pública.
Así pasaron los años. Pocos son los cambios evidentes y muchos los casos de memoria selectiva. Duele recordar a García Luna, pero nada se dice del general Cienfuegos, rescatado de las autoridades de Estados Unidos por Andrés Manuel López Obrador.
Se alteran los sentimientos cuando recordamos la corrupción del PRI y del PAN, pero no pasa nada cuando esos mismos liderazgos que dejaron un mal sabor de boca entre los votantes reaparecen reciclados, renovados y con un nuevo trabajo de carrocería en alguno de los partidos de la alianza gobernante.
El último caso es el de Manuel Ignacio Acosta Gutiérrez, priista, exalcalde de Hermosillo, ex legislador por el PRI y ahora dirigente en Sonora del Partido Verde Ecologista de México.
El anuncio fue realizado por el coordinador nacional del PVEM, Arturo Escobar y Vega, quien destacó que este relevo busca fortalecer la estructura del partido de cara a los próximos retos políticos.


Ya no importa la historia y quizá nunca debió importar. La crítica a su desempeño quedó en páginas de periódicos y columnas de opinión que hoy ni siquiera se encuentran con facilidad en internet. Ahora «El Maloro» regresa a la palestra política de Sonora como dirigente de un partido aliado de MORENA.
Su desempeño dejó de ser tema de discusión y sirva la experiencia para demostrar que Ludwig von Mises quizá tenía razón:
«La gestión burocrática es la gestión de los asuntos que no pueden comprobarse mediante el cálculo económico. El comportamiento de un funcionario público se rige por normas fijadas por una autoridad superior. No tiene la libertad de buscar el lucro personal, ni sus logros pueden medirse en términos de dinero en el mercado.»
Y todavía más. La Teoría de la Elección Pública, desarrollada principalmente por los economistas estadounidenses James M. Buchanan y Gordon Tullock, expone tres factores que ayudan a explicar por qué lo que vemos en México y en Sonora difícilmente cambia.
Primero, los políticos, que buscan maximizar votos para ganar o conservar el poder mediante políticas que complacen a la mayoría en el corto plazo, aunque dañen la economía en el largo plazo.
Después aparecen los burócratas, que procuran expandir el tamaño, el presupuesto y la influencia de sus dependencias por razones de seguridad laboral y poder de decisión.
Finalmente están los votantes y los grupos de interés: unos padecen lo que Buchanan llamó «ignorancia racional», al dedicar poco tiempo a informarse sobre política; otros —como sindicatos, industrias protegidas o corporaciones— cabildean subsidios o leyes que los benefician, concentrando las ganancias mientras distribuyen los costos entre millones de contribuyentes.
¿Por qué regresa «El Maloro»?
Porque es lo más sencillo.
Solo hay que soportar la crítica durante unas semanas y mantener funcionando el sistema.
Después de todo…
para la política mexicana reciclar siempre resulta más barato que renovarse.





